Columna del profesor e investigador universitario Jaime Alberto Morón Cárdenas.
Durante 2025 el mercado laboral de Santa Marta registró una reducción en la tasa de desempleo y, hacia el cierre del año, también en la informalidad. Ese comportamiento sugería una mejora en los indicadores laborales y una posible convergencia hacia trayectorias más estables. Sin embargo, los resultados del trimestre móvil enero–marzo de 2026 obligan a matizar esa lectura. La tasa de desempleo se ubicó en 11,7 %, frente a 9,8 % en el mismo periodo de 2025, lo que implica un incremento interanual de 1,9 puntos porcentuales (pp) y de 1,0 pp frente al trimestre inmediatamente anterior (DANE, 2026; ORMET Magdalena, 2026).
El primer elemento a considerar es la magnitud del aumento. La variación observada no es menor frente al contexto nacional. Mientras el promedio de las 23 ciudades y áreas metropolitanas se ubicó en 9,9 %, con una reducción interanual de 0,4 puntos, Santa Marta presenta un comportamiento divergente, integrando el grupo de ciudades con incrementos en la tasa de desempleo (ORMET Magdalena, 2026). Esto implica un deterioro en su posición relativa y evidencia que los factores explicativos trascienden la dinámica agregada del país.
El segundo elemento es la trayectoria. Desde el segundo semestre de 2025 la tasa de desempleo muestra un aumento sostenido: 8,1 % en mayo–julio, 8,5 % en junio–agosto, 9,1 % en agosto–octubre, 9,8 % en octubre–diciembre, 10,7 % en diciembre 2025–febrero 2026 y 11,7 % en enero–marzo de 2026 (DANE, 2026). La secuencia confirma un cambio de tendencia y no un ajuste transitorio.
El tercer elemento es la validación con microdatos. Para febrero de 2026 se estiman 395.898 personas en edad de trabajar, una fuerza laboral de 236.317, 209.139 ocupados y 27.178 desocupados. La tasa de desempleo mensual fue de 11,5 %, la tasa global de participación de 59,7 % y la tasa de ocupación de 52,8 % (DANE, 2026). Estos resultados permiten identificar que el aumento del desempleo no responde a una caída del empleo en términos absolutos, sino a un incremento de la oferta laboral superior a la capacidad de absorción del mercado.
Este punto es central para la interpretación. En 2025 la reducción del desempleo coincidió con una tasa de participación cercana al 58 %, inferior al promedio nacional. En 2026, la tasa global de participación aumenta hasta 60,1 %, lo que reduce la brecha frente al promedio de las 23 ciudades, pero sin un crecimiento equivalente en la ocupación, que se mantiene en 53,0 % (ORMET Magdalena, 2026). El resultado es un aumento en el número de personas que buscan empleo sin encontrarlo.
El comportamiento reciente puede explicarse por la interacción de tres factores. El primero es la estacionalidad. La economía local presenta una alta concentración en comercio, turismo y servicios, actividades que generan incrementos temporales del empleo durante periodos específicos, especialmente en la temporada de fin de año. El trimestre enero–marzo recoge el ajuste posterior a ese pico de demanda. Este componente explica parte del aumento, pero no su magnitud.
El segundo factor es el entorno regulatorio. El inicio de la implementación de la reforma laboral y el ajuste del salario mínimo introducen cambios en los costos de contratación. En economías con menor productividad relativa, estos ajustes pueden afectar la demanda de trabajo formal o inducir desplazamientos hacia formas de ocupación menos estables (Arango et al., 2022). Este efecto es particularmente relevante en contextos donde predominan unidades productivas de pequeña escala.
En efecto, la estructura empresarial local condiciona la dinámica del empleo. El 27,5 % de los ocupados trabaja en establecimientos de hasta cinco personas y el 42,3 % corresponde a trabajadores por cuenta propia (DANE, 2026). Este tipo de unidades enfrenta restricciones para absorber incrementos en costos laborales y responde mediante ajustes en la contratación o mediante la informalización de las relaciones laborales.
El tercer factor es estructural. La trayectoria reciente de la informalidad confirma que la mejora observada en 2025 no respondía a una transformación de fondo. En el trimestre enero–marzo de 2026, la informalidad medida por no cotización a pensiones se ubica en 59,2 %, cercana al 60,0 % reportado en las estimaciones oficiales, con un aumento de 0,5 puntos frente al trimestre anterior (ORMET Magdalena, 2026; DANE, 2026). Este comportamiento es consistente con el incremento en la participación laboral: más personas ingresan al mercado, pero la economía no genera empleo formal al mismo ritmo, por lo que el ajuste ocurre a través de ocupaciones informales.
La desagregación por posición ocupacional muestra la naturaleza del fenómeno. La informalidad alcanza el 89,3 % entre trabajadores por cuenta propia y el 93,6 % en el servicio doméstico. En contraste, entre empleados particulares es de 35,8 % y en el sector público es prácticamente nula (DANE, 2026). Esta distribución evidencia que la informalidad se concentra en segmentos de baja productividad y pequeña escala, lo que refuerza su carácter estructural.
Las brechas por género constituyen un componente adicional. Para febrero de 2026, la tasa de desempleo femenina se ubicó en 16,2 %, frente a 7,97 % en los hombres. La tasa global de participación fue de 48,6 % para mujeres y de 72,0 % para hombres (DANE, 2026). Estos resultados reflejan tanto menores niveles de inserción laboral como mayores dificultades de acceso al empleo.
En el caso de los jóvenes, la situación es más crítica. La tasa de desempleo entre 15 y 28 años alcanzó 21,6 %, con incrementos frente al año anterior y al trimestre previo (ORMET Magdalena, 2026). Los microdatos elevan el indicador a 24,2 %, con brechas de género pronunciadas.
El fenómeno de jóvenes que no estudian ni trabajan refuerza este diagnóstico. El 28,0 % de los jóvenes se encuentra en esta condición, equivalente a cerca de 33.200 personas, de las cuales el 68,8 % son mujeres (DANE, 2026). Esta situación limita la acumulación de capital humano y tiene implicaciones sobre la productividad de largo plazo (OIT, 2020).
La composición sectorial del empleo evidencia una concentración en actividades como comercio al por menor (18,3 %), alojamiento y servicios de comida (alrededor del 13 %), transporte y almacenamiento (8,1 %) y construcción (6,4 %) (DANE, 2026). Estas ramas presentan alta sensibilidad a la estacionalidad, a los cambios en los costos laborales y a la dinámica del consumo, lo que incrementa la volatilidad del empleo.
El componente migratorio también incide en la dinámica laboral. A partir de los microdatos de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH), se identifican cerca de 32.900 residentes en Santa Marta nacidos fuera de Colombia, estimados mediante factores de expansión (DANE, 2026). Este grupo no explica por sí solo el aumento del desempleo, pero sí amplía la oferta laboral en segmentos de baja calificación. En ausencia de mecanismos efectivos de integración productiva, esta dinámica puede traducirse en una mayor presión sobre el empleo informal y en una recomposición ocupacional hacia actividades de baja productividad.
En términos institucionales, se han implementado instrumentos orientados a la formalización, la intermediación laboral y la coordinación entre actores (ORMET Magdalena, 2026). Estos avances han mejorado el seguimiento del mercado laboral y la articulación de políticas, pero sus efectos aún no se reflejan en una reducción sostenida del desempleo ni de la informalidad.
El balance del trimestre permite una lectura integrada. La mejora observada en 2025 fue real, pero no se sustentaba en cambios estructurales del sistema productivo. El aumento del desempleo en 2026 refleja la interacción entre un incremento en la oferta laboral, la estacionalidad de la economía, los cambios en el entorno regulatorio y las limitaciones estructurales del tejido empresarial.
El desafío consiste en fortalecer la capacidad de generación de empleo formal a partir de mejoras en productividad y diversificación económica. Esto implica ampliar el acceso a financiamiento para pequeñas unidades productivas, promover la digitalización, fortalecer encadenamientos sectoriales y avanzar en estrategias diferenciadas para mujeres y jóvenes.
La evidencia disponible muestra que el mercado laboral de Santa Marta continúa operando bajo restricciones estructurales que limitan su capacidad de absorción de la fuerza de trabajo. El comportamiento observado en 2026 no constituye un episodio aislado, sino la manifestación de un patrón persistente. La política pública enfrenta el reto de intervenir sobre estos determinantes para lograr mejoras sostenibles en los indicadores laborales.


