
Pocas veces acudo a la conceptualización absolutista para definir los asuntos que
vinculan a la gente y a quienes ejercitan el servicio público y un poco la gobernanza;
sin embargo, y pese a que esta columna inicia con determinación revisando cómo
va Santa Marta, que es lo que muestra la vida diaria presente, y poco más
ambicioso, cómo esa gobernanza cimenta desde ahora su futuro cercano; avisa mi
análisis y su responsable examinación del Plan de Desarrollo, que los cambios
necesarios y las consabidas necesidades primarias; como tampoco el controlado
salto hacia el modernismo y a la planeación, están ausentes y lo que es peor, casi
catastrófico: está muriendo la esperanza.
El soporte del diagnóstico y sus fuentes naturales están al alcance de todos: en
Santa Marta no se conoce un dato concreto que permita señalar la creación de
industrialización o del mercado empresarial a gran escala o asociado al turismo en
el último tiempo. Y es que cerca del 61% de la población apta para laborar no lo
logra desde el formalismo. Esta población migra hacia la informalidad que
individualiza la economía diaria y que en la mayoría de casos es violatoria de los
principios y ambientes ciudadanos comunes.
Solo por citar la ocupación del espacio público que es descontrolado e invasivo en
muchos sectores de la ciudad, se observa desorden y tristemente hay espacios
limitados donde la gente puede caminar. En algún momento, en otros episodios de
un escrito similar al de esta naturaleza, me ocuparé de otros temas relacionados
con la ciudad más antigua de Colombia que ya conmemoró los 500 años de
fundación en el 2025 y es conocida como la “perla de América”.
La falta de un modelo concreto para afianzar la gobernanza y decidir el camino
específico de la relación con el gobierno nacional para la búsqueda definitiva y
estructural a la solución a la falta de agua potable y a todo el saneamiento básico,
nos hunden en aguas negras, en una dolorosa, olorosa y cotidiana crisis ambiental
que es per se una emergencia que nos hace estáticos, nos arruina y donde la
ciudadanía pide con urgencia una solución definitiva a tan grave problemática.
Una sustancial anotación: pese a que somos una ciudad de vocación turística,
enfrentamos una problemática ambiental que parte de un grado de contaminación
de playas que pudiera sustentarse en protocolos equivocados en atención al
vertimiento de las aguas residuales. Es una realidad que nos descontrola y que nos
distancia de los avances que pudieran darse si fuésemos una industria de turismo
asociada a comercio controlado.
Lo que pudiera entenderse como un componente básico ha resultado ser todo un
desafío: luego de 500 años de historia, hoy más que nunca y para la salvación
integral de este pueblo, Santa Marta necesita ineludiblemente ser gerenciada, no
hay otro camino.
Resulta inocente aún, definir lo que significa en los tiempos modernos, gerenciar;
aquí lo elemental y seguramente para muchos, un proceso sencillo termina siendo
el único camino y el reto, corresponde apartarse de la politización y de todas las
variables de esa politización existentes; las que generaron divorcio entre quienes
debían estar armonizados según los preceptos de la gobernanza.
Promete esta columna avanzar en el diagnóstico de nuestros problemas comunes,
gerenciar para entender que la potencialización de los recursos naturales, la
armonización de la Santa Marta rural y su expresión turística en sintonía con el
mundo urbano, la historia y su cultura, serían entonces los elementos
fundamentales que nos salvarían de la descomposición social y la ausencia de una
variedad técnica de políticas públicas que acompañen a quienes contra viento y
marea se la jugaron desde los capitales privados y le siguen apostando a la ciudad
con mucho esfuerzo para desarrollarnos. Definitivamente: poner orden, dar ejemplo
y gerenciar, es el camino y el reto.


